Durante décadas estuvo proscrito, borrado por completo del arsenal farmacológico, pero en los últimos años, los posibles usos terapéuticos del cannabis no han dejado de generar exp

Durante décadas estuvo proscrito, borrado por completo del arsenal farmacológico, pero en los últimos años, los posibles usos terapéuticos del cannabis no han dejado de generar expectación. José Martínez Orgado, responsable del servicio de Neonatología del Hospital Universitario Clínico San Carlos y líder de una investigación con uno de los compuestos de la planta, habla de una auténtica «eclosión» de los estudios sobre su utilidad medicinal.

«Ha despertado la curiosidad por investigar sus posibilidades y hay muchísimos grupos que avanzan en distintas líneas», apunta. No obstante, reconoce, sigue habiendo una mezcla de controversia y reticencias a su empleo en la práctica clínica. Una polémica que ha vuelto al primer plano después de que EL MUNDO explicara ayer la historia de J., que tiene dos años y sufre el Síndrome de West, al que sus padres dispensan cannabidiol.

Para Koldo Callado, médico y profesor del departamento de Farmacología de la Universidad del País Vasco e investigador del CIBERSAM, las barreras se deben, fundamentalmente, a que en el debate prevalecen los prejuicios relacionados con el consumo lúdico de esta sustancia y no los criterios científicos que rigen en la administración de cualquier otro fármaco. «Hay que desligar los conceptos. Aquí estamos hablando de la utilización de compuestos químicos derivados de una planta para aliviar determinadas enfermedades», indica. Y recuerda que en la mayoría de los casos el uso terapéutico de los cannabinoides va ligado a la utilización de compuestos, dosis y vías de administración que poco tienen que ver con el consumo recreativo.

En nuestro país, el único medicamento derivado del cannabis autorizado es el Sativex, una mezcla de THC y cannabidiol que se aprobó en 2010 para la mejoría de los síntomas de pacientes con espasticidad originada por la esclerosis múltiple. Pese a esa única indicación, también se emplea bajo la fórmula de uso compasivo para tratar las náuseas y el dolor de pacientes con cáncer y también en enfermos con dolor neuropático.

En estos últimos casos, el fármaco -que cuesta unos 500 euros- no está financiado por la Seguridad Social, por lo que algunos afectados optan por el cultivo de plantas de marihuana o recurren al mercado negro. «Ese es uno de los grandes problemas», indica Callado. «En estos casos no es posible conocer el contenido real de la sustancia ni los pacientes se sienten seguros teniendo que optar por esta vía», añade.

Tanto este especialista como Martínez Orgado apuestan por acabar de una vez por todas con las reticencias -y las bromas- que el tema sigue despertando entre muchos de sus colegas, y reclaman que se apoye la investigación en este área.

«Hay evidencias muy sólidas que avalan su utilidad en campos como el tratamiento de la espasticidad y el dolor», apunta Martínez Orgado. Pero, además, «se está investigando su utilidad en una larga lista de enfermedades y síntomas». Muchos de ellos están relacionados con la inflamación y la oxidación, pero también hay líneas que avanzan en sus efectos neuroprotectores o antitumorales. Por ejemplo, un ensayo clínico en fase 1 -muy preliminar- ha mostrado efectos beneficiosos de la administración intracraneal de THC en pacientes con un tipo de cáncer muy agresivo, el glioblastoma multiforme. También han dado buenos resultados ensayos con dexanabinol, un cannabinoide sintético que no tiene efectos psicoactivos, en la prevención del daño neuronal tras un traumatismo craneoencefálico.

Los enfoques de trabajo son muy variados, porque hay más de 400 compuestos que provienen directamente de la planta denominada cannabis sativa.

«Se están consiguiendo resultados muy prometedores, pero hay que ir poco a poco, porque en la Historia de la Medicina hay muchos ejemplos de bálsamos de fierabras que luego han resultado ser una catástrofe», señala Martínez Orgado, que recuerda el ejemplo cercano del rimonabant, un antagonista cannabinoide sintético que se aprobó en 2006 para el tratamiento de pacientes con obesidad que tuvo que ser suspendido dos años después porque se asociaba con graves efectos secundarios de tipo psiquiátrico, incluido el suicidio.

«Hay que cumplir los plazos y evaluar todos los riesgos porque nuestro deber es ofrecer a los pacientes tratamientos que sean incuestionablemente eficaces y 100% seguros», añade el especialista, quien asegura: «Estoy seguro de que a corto o medio plazo los cannabinoides proporcionarán nuevos y efectivos tratamientos para un buen número de trastornos de distintos tipos».

Joan Carles March, director de la Escuela Andaluza de Salud Pública, coincide en la necesidad de potenciar la investigación, pero considera que esta apuesta debe hacerse siempre en combinación con «programas de prevención del consumo de esta droga en adolescentes».

El cannabis "ha sido empleado con fines curativos desde hace miles de años", explica el especialista en Farmacología Koldo Callado. El testimonio más antiguo sobre su utilización terapéutica se encuentra en un compendio de Medicina china que trata del año 2.3737 a. C., pero posteriormente, también textos de médicos griegos como Galeno reflejan su utilidad para, por ejemplo, el tratamiento de la otitis y algunas alteraciones gastrointestinales. Tratados médicos del siglo XIX en Europa y Estados Unidos recogen también el uso de estractos del cannabis con diferentes indicaciones, como el tétanos, el cólera o las convulsiones infantiles. Sin embargo, desde que en 1937 la marihuana se considerase ilegal en EEUU, estos compuestos fueron progresivamente eliminados de la farmacopea de los dos continentes, una eliminación que duró décadas. "Yo he visto frascos de boticas del siglo XIX que incluían THC y se indicaban para los cólicos del lactante", apunta Martínez Orgado, quien añade que también la Reina Victoria de Inglaterra lo usaba para tratar su dismenorrea.

Fuente: El Mundo



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