Los hábitos adquiridos dejan unas marcas duraderas en los circuitos cerebrales que nos empujan a satisfacer nuestros antojos

Un nuevo año ha empezado y, como los anteriores, nos hemos propuesto comer más sano, dejar de fumar, hacer más ejercicio o leer ese libro sepultado bajo el polvo. Pero con el paso de los días, los propósitos se quedan en eso, en propósitos. Y es que más que una falta de voluntad, lo que tenemos es unos hábitos fuertemente arraigados. Y no metafóricamente, sino de forma literal, pues como muestra un estudio llevado a cabo por investigadores de la Universidad de Duke (EE.UU.) y publicado en la revista «Neuron», los hábitos adquiridos dejan unas marcas duraderas en los circuitos cerebrales que nos empujan a satisfacer nuestros antojos.

La buena noticia es que estas ‘marcas’ se pueden borrar. O, al menos, sustituirlas por otras –es decir, cambiar de hábitos–. Y como destaca Nicole Calakos, directora del estudio, «en el futuro seremos capaces de actuar sobre estos circuitos para ayudar a la gente a adquirir hábitos saludables y erradicar aquellos indeseables».

En el estudio, los autores compararon los cerebros de ratones que habían adquirido un hábito –en este caso concreto, presionar una palanca para obtener azúcar, por lo que los ratones la presionaban de forma incontrolada para obtener la recompensa– con los de otra serie de ratones a los que no se les había inducido este comportamiento. Concretamente, analizaron la actividad eléctrica en los ganglios basales, el área del cerebro que controla los comportamientos compulsivos –como los hábitos–, incluida la adicción a las drogas.

En los ganglios basales hay dos vías para reconocer dos señales opuestas: una para llevar a cabo la acción –‘adelante’–, y otra para detenerla –‘stop’–. Y de acuerdo con los resultados, ambas vías son más activas en los ratones que adquirieron el hábito. Como indica Justin O’Hare, co-autor de la investigación, «la verdad es que no esperábamos que la señal de ‘stop’ estuviera aumentada en los cerebros de los animales que habían adquirido el hábito, pues tradicionalmente se ha considerado como el factor fundamental para prevenir un comportamiento».

Entonces, ¿cómo se explica que, con una señal de ‘stop’ tan desarrollada, sigamos cayendo en la tentación? Pues simplemente, por una cuestión de secuencia: en caso de tener un hábito, la señal de ‘adelante’ se activa antes que la de ‘stop’. Y si no tenemos el hábito, la señal de ‘stop’ precede a la de ‘adelante’.

Es más; los cambios que provocan los hábitos en los circuitos cerebrales son tan obvios y duraderos que, indican los autores, «podemos predecir que ratón ha adquirido el hábito simplemente mirando un trozo aislado de su cerebro en una placa de cristal de las que utilizamos en el laboratorio».

Entonces, ¿no hay nada que hacer para evitar sucumbir a nuestros antojos? No, los hábitos se pueden cambiar. Pero no resulta igual de fácil, o de difícil, para todas las personas. Y quizás no se trata de una mera cuestión de voluntad, pues también podría depender de la composición de nuestro cerebro.

En el estudio, los autores trataron que los ratones cambiaran de hábito. Para ello, modificaron el mecanismo para que la recompensa de azúcar solo se obtuviera una vez dejaran de presionar la palanca. Es decir, forzaron a los ratones a que cambiaran un hábito por otro. Y los animales que modificaron el comportamiento de forma más rápida fueron aquellos con menor cantidad de neuronas en la vía para la señal ‘adelante’.

Y estos resultados, ¿pueden traducirse en algún avance médico para tratar los malos hábitos en los seres humanos? Los autores creen que hay que tener una cierta cautela, pues dado que los ganglios basales están implicados en diversas funciones –entre otras actividades, controlan el movimiento voluntario–, el uso de medicamentos podría resultar peligroso.

Fuente: ABC



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