Agustín empezó a interesarse por las orcas cuando apenas tenía tres años. Su madre recuerda cómo a medida que pasaban los años el interés se hacía más y más obsesivo. Sólo quería v

Agustín empezó a interesarse por las orcas cuando apenas tenía tres años. Su madre recuerda cómo a medida que pasaban los años el interés se hacía más y más obsesivo. Sólo quería v

Agustín empezó a interesarse por las orcas cuando apenas tenía tres años. Su madre recuerda cómo a medida que pasaban los años el interés se hacía más y más obsesivo. Sólo quería v

El amante de las orcas

Las orcas inspiran una película

Agustín empezó a interesarse por las orcas cuando apenas tenía tres años. Su madre recuerda cómo a medida que pasaban los años el interés se hacía más y más obsesivo. Sólo quería ver aquellos grandes animales marinos blancos y negros, pero no había desarrollado la capacidad de verbalizar sus deseos o de expresar aquel deseo. Agustín no podía hablar. Su trastorno del espectro autista se lo impedía. Pero sus padres habían aprendido a interpretarle. No era mucho mayor cuando le llevaron por primera vez a ver las orcas del oceanográfico de San Clemente del Tuyú, en la costa de la provincia de Buenos Aires. Pero la experiencia no salió como esperaban sus padres. Parece que Agustín no entendía por qué aquellos animales no estaban en libertad y al verlos se enfadó y comenzó con los movimientos repetitivos de manos motivados casi siempre por la frustración.

Años después, Agustín vio por la televisión un documental sobre la historia de Beto Bubas, un guardafauna de la Patagonia argentina que nadaba, jugaba y se comunicaba con las orcas de Península Valdés. Las imágenes de aquel hombre tocando las orcas y metiéndose al agua con ellas mientras las habla, las silba o toca la armónica tuvieron un efecto casi mágico en un niño con autismo de nueve años que apenas reaccionaba ante nada y que se abalanzó sobre la tele al verlas gritando: “¡Yo, yo!”.

La madre de aquel chico recorrió medio mundo para que su hijo conociera a aquel hombre y pudiera ver las orcas en libertad. El lazo que se creó entre Beto y aquel niño le sirvió al guardafauna para escribir una pequeña obra, un relato vital y lleno de luz llamado Agustín corazónabierto, que ha servido de base para el guión de la recién estrenada película protagonizada por Maribel VerdúEl faro de las orcas.

“Es increíble como pudimos llegar a comunicarnos sin tener ni idea el uno del lenguaje del otro”, contó Beto a este diario, durante el rodaje de la película en Fuerteventura. “Parece que aquel niño sentía la necesidad de conectar con los animales y con la naturaleza en la que se desenvuelven. Fue una lección para todos”.

La madre tampoco oculta que Agustín cambió su actitud durante aquel tiempo en contacto con los animales. Sin embargo, todo indica que el caso de Agustín es una rareza, un caso anecdótico dentro de los pacientes reales con autismo. La organización británica Research Autism especializada en este trastorno considera la terapia con delfines -nadar con ellos, tocarlos o cuidar de ellos (no hay ningún estudio específico realizado con orcas) como “no recomendable” por la falta de evidencias concretas de su utilidad para tratar a estos niños.

“Es cierto que existen experiencias terapéuticas con caballos o con perros, pero la evidencia actual no nos permite concluir que éstas se puedan considerar como terapias efectivas para los síntomas nucleares del autismo”, cuenta Leticia Boada, psicóloga del Programa para la Atención Médica Integral de los pacientes con Trastorno del Espectro Autista del Hospital Gregorio Marañón.

Agustín -interpretado en la película por un jovencísimo actor llamado Quinchu Rapalini que estudió a fondo los comportamientos de niños con autismo- no debía ser un caso de autismo muy grave. Los casos de trastorno del espectro autista están asociados a una discapacidad intelectual en un 60 o 70% de los casos, pero en el restante 30 o 40% hay capacidades intelectuales normales o muy elevadas en algunos casos, según los expertos.

En muchos de los casos los niños con autismo tienen intereses restringidos. La psicóloga Leticia Boada recuerda casos de niños que mostraban un interés desmesurado, que ocupaba casi el 100% de su tiempo, por cosas como instrumentos musicales, medios de transporte o dibujos animados como Bob Esponja. “Quizá aquel niño al ver a ese hombre jugando con las orcas se quedó realmente fascinado pero como manifestación de un interés restringido que ya presentaba desde muy pequeño”, dice la especialista.

Los propios expertos admiten que queda mucho por conocer sobre las terapias con animales para niños con trastorno del espectro autista. “En algunos casos concretos puede haber beneficios de forma anecdótica, pero no conocemos qué elementos concretos de la terapia son los que funcionan ni qué subgrupo o perfil concreto de TEA puede beneficiarse por lo que, hoy por hoy, no puede recomendarse como una terapia específica para el autismo”, admite Boada.

Fuente: El Mundo